
Puedes pedir lo que quieras y, siempre que exista mutuo acuerdo, es fácil que te lo concedan, lo cual supone una ventaja.
Pedir, al fin y al cabo, no significa exigir: la gracia está en expresar con naturalidad lo que apetece, escuchar a la otra persona y respetar los límites que cada cual marque.
Supongo que esa actitud tan abierta se debe, en parte, a que en la universidad ya se muestran bastante desinhibidas.
Como suele decirse, sus padres están lejos y no permanecen siempre pendientes de ellas.
Esa independencia puede animarlas a descubrir qué desean y a vivir determinadas experiencias con mayor libertad, aunque conviene no convertir esa impresión en una regla general.
Cada persona tiene su carácter, sus circunstancias y su propia manera de relacionarse.
Es evidente que se desfogan de una forma distinta, quizá más intensa, o al menos esa es la sensación que transmiten cuando se encuentran cómodas y hay confianza.
No se trata únicamente de perder la vergüenza, sino de crear un ambiente en el que nadie tenga que fingir.
Cuando las dos personas adultas saben qué buscan, hablan con claridad y se sienten a gusto, todo resulta más espontáneo.
Las miradas, los gestos y las palabras ayudan a entender por dónde quiere avanzar cada uno, sin necesidad de forzar el momento.
En la cama demuestran una habilidad innata y un talento extraordinario para satisfacer todo tipo de gustos y fantasías.
Sin embargo, lo que de verdad marca la diferencia no es una supuesta técnica infalible, sino la atención que prestan a las reacciones de la otra persona.
Saber escuchar, preguntar cuando hace falta y aceptar un cambio de ritmo puede resultar mucho más sugerente que cualquier gesto ensayado.
Las preferencias no son idénticas para todo el mundo y aquello que entusiasma a alguien puede dejar indiferente a otra persona.
Por eso, la complicidad vale más que dar nada por sentado.
También influye la ausencia de prisas.
Cuando el encuentro se vive como una experiencia compartida y no como una carrera hacia un resultado concreto, hay espacio para disfrutar de cada detalle.
Una conversación previa, una broma o una pausa a tiempo pueden rebajar los nervios y aumentar la cercanía.
Esa combinación de confianza y expectación convierte lo íntimo en algo más completo, porque permite que ambos participen y expresen lo que quieren en cada momento.
Además, hay que tener en cuenta que, si llegas algo excitado después de la salida previa, esto es sencillamente la guinda del pastel.
El ambiente de las horas anteriores puede haber creado ya cierta tensión, sobre todo si ha habido química, conversación y señales recíprocas de interés.
Aun así, esa excitación no debe darse por supuesta ni entenderse como una obligación de continuar.
El deseo puede cambiar y cualquiera tiene derecho a detenerse; precisamente esa tranquilidad hace que todo resulte más natural cuando ambos deciden seguir.
La guinda del pastel no consiste, por tanto, en cumplir una fantasía a cualquier precio, sino en cerrar la velada con una experiencia deseada por las dos partes.
Si hay respeto, buen humor y libertad para decir tanto sí como no, la intensidad no necesita exageraciones.
Basta con dejarse llevar sin dejar de prestar atención a quien está al lado.
Ahí reside buena parte del atractivo: en que lo ocurrido después de la salida no parezca un trámite, sino la continuación lógica de una conexión que ya se había ido construyendo poco a poco.
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