
Número dos: comida sensual.
Puedes convertir a la persona que tiene los ojos cubiertos en una mesa.
Me explico: la idea consiste en jugar con distintos alimentos sobre el cuerpo, siempre entre personas adultas, con cuidado y de mutuo acuerdo.
Antes de empezar, conviene hablar de lo que apetece probar, dejar claros los límites y comprobar si existe alguna alergia o intolerancia.
La improvisación tiene su encanto, pero no está reñida con unas mínimas precauciones.
¿Te gusta el dulce?
Magnífico, porque puedes probar con unas fresas con nata bañadas en delicioso chocolate.
También se pueden combinar frutas de diferentes texturas, procurando elegir piezas fáciles de comer y que no manchen demasiado.
El contraste entre una fresa fresca, la suavidad de la nata y el sabor intenso del chocolate puede convertir un bocado sencillo en algo mucho más sugerente.
Si, por el contrario, prefieres lo salado, puedes optar por una bolsa de patatas fritas, cacahuetes o algo más sofisticado, como el sushi.
En este caso, merece la pena pensar un poco en la comodidad: los alimentos pequeños y fáciles de coger suelen funcionar mejor que aquellos que se deshacen, gotean o dejan migas por todas partes.
Se trata de disfrutar del juego, no de terminar pendientes de una limpieza interminable.
La persona con los ojos cubiertos no sabe qué llegará a continuación, de modo que cada sabor se percibe con más atención.
Puedes alternar algo dulce con un toque salado, una textura crujiente con otra cremosa o un alimento frío con otro a temperatura ambiente.
No hace falta preparar un banquete ni buscar ingredientes extravagantes; unas cuantas elecciones bien pensadas bastan para crear expectación.
Eso sí, quien lleva los ojos tapados debe sentirse cómodo en todo momento.
Es importante acordar una palabra o un gesto que permita detener el juego de inmediato, sobre todo porque no podrá ver lo que está ocurriendo.
También conviene evitar alimentos demasiado calientes, objetos punzantes, huesos, espinas o cualquier ingrediente que pueda provocar un susto innecesario.
La confianza es la base de la experiencia y lo que permite abandonarse a las sensaciones sin inquietud.
Sentirás una explosión de sabores en la boca que puede servirte como excusa para lamer las partes íntimas de tu amante, siempre que ambos queráis continuar por ahí.
No lo dudes: ábrete camino con la lengua por el cuerpo de tu acompañante, prestando atención a sus reacciones y sin dar por hecho que todo vale.
Preguntar, escuchar y respetar una pausa no rompe el ambiente; al contrario, hace que el juego resulte más relajado y placentero para los dos.
La presentación también puede aportar su punto.
Una bandeja preparada de antemano, unas servilletas cerca y una superficie protegida evitarán interrupciones poco oportunas.
Si utilizas chocolate, nata, salsas o fruta jugosa, mejor hacerlo con moderación y lejos de zonas sensibles, ya que algunos ingredientes pueden causar irritación.
Para el contacto íntimo resulta más prudente retirar bien los restos de comida y mantener una higiene sencilla antes y después.
Tampoco es obligatorio recorrer todo el cuerpo ni convertir la propuesta en una prueba de resistencia.
Se puede empezar con zonas menos íntimas, como los hombros, el cuello, el abdomen o las manos, y avanzar únicamente si ambos os sentís a gusto.
El ritmo pausado, la sorpresa y la atención suelen tener más importancia que la cantidad de alimentos elegidos.
Toda una experiencia gastronómica, juguetona y sensual, en la que el verdadero ingrediente principal es la complicidad.
Qué envidia.
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