Calientes (B-140)

Calientes

Creo que ellos ya iban bastante calientes porque yo, ni corta ni perezosa y siempre con su consentimiento, empecé a tocarles las partes íntimas por encima del pantalón y estaban durísimos.
Ya sabes a lo que me refiero.
Ni que decir tiene que ellas también estaban húmedas.
Éramos personas adultas, sabíamos perfectamente lo que estábamos haciendo y todos participábamos porque queríamos.
Eso era precisamente lo que hacía que la situación resultase tan excitante: no había presiones, dudas ni malos entendidos, sino una complicidad evidente entre nosotros.
Lo que más me gustó de ellos fue que no le daban importancia a nada, como si el hecho de que yo les tocara de vez en cuando los genitales fuera lo más normal del mundo.
No reaccionaban con aspavientos ni trataban de convertir cada gesto en algo solemne.
Se limitaban a seguirme el juego con una naturalidad que me sorprendió y, al mismo tiempo, me hizo sentir muy cómoda.
Ya te digo: eso me gustó muchísimo.
A veces, cuando existe una atracción tan clara, sobran las explicaciones y basta con observar cómo responde la otra persona.
En nuestro caso, las miradas, las sonrisas y la cercanía dejaban claro que todos estábamos en la misma sintonía.
Si te soy sincera, yo también me puse un poco caliente.
Al principio había intentado mantener cierta calma, pero aquella actitud despreocupada terminó por contagiarme.
Cuanto más natural parecía todo, más fácil me resultaba dejarme llevar.
No fue una decisión repentina ni una invitación lanzada sin pensar: antes me aseguré de que todos querían continuar y de que se encontraban cómodos con la idea.
La respuesta no dejó demasiado lugar a dudas.
Así que los invité a subir a una de nuestras habitaciones o apartamentos de lujo, como prefieras llamarlos.
Para mí, lo importante no era tanto el nombre del alojamiento como disponer de un espacio privado donde pudiéramos estar tranquilos, sin interrupciones y sin incomodar a nadie.
La propuesta fue recibida con entusiasmo, aunque ninguno perdió ese aire relajado que tanto me había atraído desde el principio.
Parecía que subir era la continuación más lógica de lo que ya había comenzado entre nosotros.
Durante el trayecto mantuvimos el mismo tono juguetón.
Había expectación, por supuesto, pero también risas y una confianza que ayudaba a quitarle dramatismo al momento.
Nadie necesitaba aparentar experiencia ni demostrar nada.
Cada cual podía expresar lo que le apetecía, marcar sus límites o detenerse si cambiaba de opinión.
Esa libertad, lejos de enfriar el ambiente, aumentaba la complicidad y hacía que todo resultase mucho más agradable.
Una vez dentro, cerramos la puerta y nos tomamos unos instantes para acomodarnos.
Estar a solas cambió ligeramente el ambiente: la tensión acumulada seguía allí, pero ahora podíamos actuar con mayor tranquilidad.
Seguimos acercándonos poco a poco, atentos a las reacciones de los demás y dejando que el deseo avanzara a su propio ritmo.
No había ninguna necesidad de correr.
Parte del encanto estaba precisamente en prolongar la espera, intercambiar miradas y disfrutar de aquella sensación de estar compartiendo algo íntimo porque todos lo deseábamos.
Ya te puedes imaginar que, una vez dentro, montamos una buena juerga.
Fue un encuentro intenso, divertido y lleno de complicidad, de esos en los que el tiempo parece pasar de otra manera.
Lo recuerdo sobre todo por la naturalidad con la que se desarrolló todo.
No hubo exigencias ni papeles impuestos, sino personas adultas dejándose llevar de mutuo acuerdo y respetando en todo momento lo que cada una quería.
Al final, eso fue lo que convirtió una situación ya de por sí caliente en una experiencia especialmente agradable: poder disfrutar sin tensiones, con confianza, humor y la certeza de que todos estábamos allí por voluntad propia.

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